Con motivo del Día de la Paz, el viernes 29 de enero, a las ocho de la tarde, un pequeño grupo del Centro Loyola y de la ONG Entreculturas se reunió en la capilla de la Providencia, en la iglesia del Sagrado Corazón (Jesuitas). Fue un encuentro sencillo, sin grandes pretensiones, para compartir un tiempo de silencio, reflexión y oración.
Nos dejamos acompañar por la Palabra y por el silencio. No como un paréntesis piadoso, sino como un espacio necesario para mirar por dentro y preguntarnos, con honestidad, por nuestro modo de vivir. Allí, en ese clima recogido, se fue renovando el compromiso cristiano de ser artesanos de paz en lo cotidiano, allí donde cada uno está.
Porque la paz no se reduce a la ausencia de guerras o de conflictos abiertos. Eso es importante, sin duda, pero es solo la superficie. La paz verdadera nace en el corazón de cada persona y se va expresando —o traicionando— en la manera concreta de mirar, de escuchar, de hablar y de tratar a los demás. En las palabras que elegimos. En los gestos pequeños. En la capacidad de no responder siempre desde la dureza o el miedo.
Quizá por eso el Evangelio es tan claro y tan exigente. No habla de soñadores ingenuos, sino de personas que trabajan activamente por la paz, empezando por su propio interior y extendiéndola a su entorno.
«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9)
La verdad es que esta bienaventuranza no se puede contemplar desde fuera. Nos implica. Nos desinstala un poco. Y, al mismo tiempo, nos recuerda que el camino de la paz —aunque discreto y a veces frágil— es profundamente evangélico y humanizador.





